Despido improcedente desde la Fundación

Escribo esto a apenas unas horas del juicio por despido improcedente que he planteado a la Fundación en la que trabajé durante casi 11 años, por tanto, aún no sé si la jueza que juzgará el caso determinará que tengo razón o lo hará en contra.

Ocurra lo que ocurra, mi conciencia está tranquila. No tengo ninguna duda sobre mi quehacer profesional en ese tiempo, no tengo ninguna duda sobre cuáles son los motivos reales que hay detrás de mi despido y nada tienen que ver con los motivos que se exponen en la carta de despido. A saber, asignación a un área de trabajo y motivos económicos.

Sé que “explicatio non petita, acusatio manifiesta” pero lo que viene a continuación no responde a esta máxima, se trata de una explicación necesaria (desde mi punto de vista) para que quienes leen esto tengan más información para emitir un juicio de valor.

Podría pensarse que escribo esto desde la rabia y el enfado. No es cierto. Hoy hace cuatro meses que fui despedida y os puedo asegurar que estoy bien. Tras el estrés y la presión continua en la que viví, hoy estoy tranquila (ni parestesias, ni crisis de ansiedad). Si hubiera escrito desde esa rabia, lo habría hecho entonces y no cuatro meses más tarde.

Tal vez sí haya cierto rencor pero no por ser despedida, sino por cómo se hicieron las cosas, por lo mal que se hicieron, por las “formas” y el contenido de mi despido, por la falta de honradez demostrada y las mentiras puestas encima de la mesa. Sí “soy una toca güevos” como me dijo un día mi jefa directa, sí lo soy, porque después de muchos años reivindiqué mis derechos, sobre todo mi derecho a tener vida más allá de mi trabajo, porque quise poner en su sitio las relaciones laborales.

Todo hubiera sido mucho más fácil si me hubieran tratado con respeto, el que me merezco por ser persona y, además, el que me he ganado profesional y personalmente. Las cosas son sencillas cuando tratas a quienes trabajan contigo, a quienes constituyen la parte productiva de la organización y con su trabajo posibilitan que mantengas tu salario en la dirección, como lo que es, una persona y no como un recurso (¿humano?) del que puedes disponer a tu antojo transcendiendo las horas establecidas en el contrato. Pero no, allí parecen desconocer ese principio fundamental de las relaciones humanas (ya no vamos a hablar de las laborales), de igual modo que se desconoce la justicia, esa que transciende a los juzgados.

Hoy, cuando el proceso está a punto de terminar (aunque luego haya que esperar a la sentencia) y por fin puedo dar por finalizada esa etapa de mi vida quiero reivindicar el papel de las y los trabajadores de las Fundaciones, de quienes creen realmente en los fines sociales que figuran en sus estatutos y que, además de un salario, realizan una importante labor que sería difícil desarrollar desde una empresa mercantil subyugada a los intereses del capital. No lo olvidemos, una Fundación no es una empresa.

Ley 50/2002:

Art. 2.1. “Son fundaciones las organizaciones constituidas sin fin de lucro que, por voluntad de sus creadores, tienen afectado de modo duradero su patrimonio a la realización de fines de interés general.”

Artículo 27. Destino de rentas e ingresos. “1. A la realización de los fines fundacionales deberá ser destinado, al menos, el 70 por 100 de los resultados de las explotaciones económicas que se desarrollen y de los ingresos que se obtengan por cualquier otro concepto (…)”

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