Simpatía y empatía, los males que (me) acechan

Harta de ser empática. Incluso simpática. Ocurrió unos días después del fallecimiento de su padre. Esto es lo que me contó:

Hace ya muchos meses que tomó una decisión: ya no volvería a ser empática (yo, que la conozco bien, lo dudo, pero le dejo que hable), dice “ya no volveré a ponerme en el lugar de otra persona, a intentar entender su punto de vista y compararlo con el mío. Estoy harta.”. Al menos manifiesta la intención de no hacerlo con aquellas personas que no le hubieran demostrado, previamente, que eran capaces de hacer lo mismo.

Tengo que contener la risa mientras la escucho, sé que es incapaz de dejar de intentar entender la postura de la persona que tiene enfrente, de intentar comprender cuáles son los motivos de una determinada posición ante cualquier tema…

Me cuenta que recuerda, con total claridad, el momento en que le dijo a una de sus amigas “No, no me da la gana. No pienso ponerme en vuestro lugar. ¿Quién se pone en el mío?” – Ese fue, en sus propias palabras, el punto de inflexión. El momento en el que tomó conciencia de la decisión que había adoptado.

Para ser honesta, he de decir que su capacidad empática rayaba, en ocasiones, en la simpatía. Entendida desde el punto de vista de la psicología como la capacidad (no necesariamente positiva) de sentir lo que siente otra persona, de tener las mismas emociones: alegrías, dolores, enfados, tristezas… que no le correspondían se “adueñaban”, a veces, de su mente. Pero este ya no era el momento, ese ya había pasado, ahora ya no estaba dispuesta a seguir haciéndolo “Ya está bien, ya está bien. Es lo que me repito una y otra vez” -me dice.

Aún así, ella es como es y, por mucho que quiera ser más egoísta, sólo lo logra cuando consciente y deliberadamente aparta de su mente otros sentimientos, otras sensaciones… su tendencia natural es otra.

En el momento de esta reunión, su estado de ánimo no era, precisamente, óptimo (ni siquiera bueno), en ese momento en el que en su pensamiento se ven implicados demasiados factores propios (o ajenos, pero que le afectan), volvía a reafirmarse en aquella decisión, volvía a hacerse el mismo propósito, volvía a llevarse una decepción (casi dos) y de nuevo se propuso “Tengo que dejar de ser empatíca”.

Por lo menos, eso es lo que me dice, sabe esa vez no lo había hecho; sabe que, en esa ocasión, ha sido algo egoísta, se ha sentido decepcionada y lo ha demostrado. no ha hecho como otras veces en las que “traga y llena el buche”. No ha querido tragar, no ha querido consentir y no lo ha hecho.

En el fondo se siente orgullosa aunque, al mismo tiempo, siente dolor. “Tal vez si…” -empieza a decir, para, rápidamente continuar- “No, no hay tal veces que valgan, esta vez no.”

“Es curioso. A pesar de mis cuatro décadas de existencia, aún puedo sorprenderme tanto positiva como negativamente. Pero, al mismo tiempo, aún puedo sorprender: hay gente que creía que… que pensaba que… a mí nada me parece mal y se equivocan. Esta vez se han equivocado, me molesta, me ofende, me hiere… y tienes que saberlo. La próxima vez, piénsalo antes porque no me voy a poner en tu lugar, no voy a ser empática contigo, no esta vez.” -Mientras me lo dice, leo en sus ojos que no es verdad, que volverá a ser empática, que intentará entender su punto de vista. Seguro que también intenta desechar esos pensamientos pero dudo mucho que lo consiga. La conozco bien.

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